¿Sabéis qué sucede cuando nuestros [email protected] y [email protected] captan que valoramos que digan la verdad?

Como adultos podemos dar un primer paso para cambiar esta sociedad: empieza a ser sincero contigo mismo para transmitirles a tus [email protected] y [email protected] los beneficios que aporta dominar este arte.

Recuerdo un capítulo de la serie televisiva “Los Simpsons” donde le preguntan a Homer cómo sería un mundo sin abogados y en su peculiar mente se vislumbra un mundo maravilloso donde él va cantando y bailando por verdes praderas. ¿Alguna vez habéis imaginado un mundo completamente sincero? Un mundo sin mentiras, sin habladurías, sin falsedades, sin apariencias, sin engaños, sin fraudes o sin disimulos. No podemos saber a ciencia cierta si sería bueno o malo, ya que lo que estamos proponiendo a día de hoy es una utopía. Pero, ¿qué pasaría si empezáramos a ser sinceros? Y lo más importante, ¿y si empezáramos a ser sinceros con nosotros mismos?

Una vez leí que puedes mentir a quien desees excepto a una persona. Y esa persona eres tú. Podemos intentar falsear en cualquier situación pero cuando nos preguntamos a nosotros mismos es imposible mentirnos.

Posiblemente, si quisiéramos cambiar el mundo y llenarlo de sinceridad en abundancia, no podríamos. Pero como padres y docentes podemos dar un primer paso para transmitir a los más pequeños el arte de la sinceridad.

Siguiendo la senda del poder de los hábitos, debemos basarnos en el ejemplo, sin olvidar que transmitir el arte de la sinceridad es un proceso, una transformación que exige tiempo y esfuerzo. Además, debemos tener presente que son niños, y para que vean que ser sincero es bueno, tienen que recibir un estímulo positivo por decir la verdad. Es decir, les tiene que aportar algo.

Cuando los niños nacen son neutros. A medida que evolucionan psicológicamente pasan a ser sinceros o mentirosos porque reciben estímulos tanto positivos como negativos por decir la verdad, y en el caso de recibir estímulos negativos empiezan a mentir. Y si no, que se lo digan a mi amigo Tomás.

Desde que son muy pequeños aparecen situaciones donde les preguntamos ¿quién ha hecho esto?, ¿quién ha hecho lo otro?, ¿por qué esto está así? Vamos a citar algunas situaciones de las que ocurren a diario.

  • El hermano pequeño de Pedro se pone a llorar de repente. Cuando viene su madre apresurada para ver qué ha sucedido, ve que el niño pequeño tiene un arañazo en la mejilla. Su madre, horrorizada, le pregunta a Pedro si ha sido él. Y Pedro que solo tiene cuatro años le dice que sí. Sin más, ni tan sólo preguntarle por qué lo ha hecho, Pedro se lleva una zurra al culo y lo mandan a su habitación.
  • Carla, con solo cinco años de edad, está jugando con una pelota dentro de casa y, de repente, la pelota impacta con una figura de porcelana que queda parcialmente rota. Al llegar a casa su padre le pregunta a Carla por lo sucedido y ésta le dice la verdad. Su padre, por la estima a la figura, la castiga a no ver la televisión durante una semana.

¿Qué creen que harán Pedro y Carla la próxima vez? Lo más seguro es que piensen y opten por decir una mentira si han comprobado que decir la verdad conlleva un castigo. Estos casos tienen un elemento en común con otros similares, existe un error. Siempre se busca el origen del problema, en vez de buscar la solución.

En la primera situación, la madre de Pedro le hubiera podido preguntar el motivo de su arañazo y determinar si son celos o rencor, haciendo ver a Pedro que ella los quiere a los dos por igual y que no debe hacer daño a su hermano pequeño. En la segunda situación, el padre de Carla también hubiera podido hablar con su hija y explicarle el cariño que le tenía a esa figura de porcelana, que dentro de casa no se juega con la pelota y como responsable tendrá que pagar la reparación con el dinero ahorrado.

¿Y sabéis qué sucede cuando nuestros [email protected] y [email protected] captan que valoramos que digan la verdad? ¿Y qué ocurre si en vez de centrarnos tan sólo en el origen del problema nos centramos en buscar soluciones? Que se sienten respetados y notan la confianza que depositamos en ellos llegando a la conclusión que vale la pena ser honesto, ser sincero.

Nunca es tarde para demostrar a alguien el poder de la sinceridad. No crean que esto sólo vale para niños o jóvenes. Los adultos también podemos decidir ser honestos. Siempre hay un momento para empezar a serlo, y no hay mejor momento que ahora.