¿Cuánto tiempo cuesta tener poder?

No hace falta ser un superhéroe para conseguir el poder de los hábitos, un poder que nos confiere control sobre nuestras vidas. Por ello, es necesario darlo a conocer a tus [email protected] y [email protected]

Creo que nadie duda lo bueno que es tener hábitos, sencillamente porque nos permiten tener un dominio, un control y una influencia sobre diferentes actividades que llevemos a la práctica en cualquier ámbito, ya sea en el trabajo, en los estudios o en las relaciones con familiares o amigos. A pesar de tener esta idea tan clara, la dificultad radica en que no sabemos transmitir a nuestros [email protected] y [email protected] la importancia que tienen.

Personalmente, tengo que decir que en este aspecto tuve muchísima suerte por dos vías diferentes. Por una parte, en la escuela gracias a un maestro, Don Joaquín. Maestro estricto como “los de antes”, “los de la vieja escuela” y que se caracterizaba por su obsesión en transmitir una serie de hábitos de estudio, de higiene, de respeto, etc, que calaban en sus alumnos. Por otra parte, en mi casa gracias a que crecí con una frase que me repetía mi padre constantemente siempre que aparecía alguna dificultad. Aún recuerdo cuando me la dijo por primera vez:

Hijo, en esta vida para que las cosas te salgan bien y las domines las vas a tener que repetir muchas veces. Así que recuerda lo que te voy a decir: “La repetición es la madre de la habilidad”.

Pese a las indicaciones de los maestros en la escuela y las frases de los padres en casa, esto no es suficiente. Debemos predicar con el ejemplo, debemos influir en nuestros [email protected] y [email protected] de tal manera que capten que los hábitos proporcionan poder, dominio y control sobre sus vidas. Aún recuerdo el día que recogí de la fila a mis alumnos con un libro bajo el brazo.

Una vez leí el libro “Los secretos de la mente millonaria” de T. Harv Eker, quién aseguraba que “un hábito cuesta de crear 21 días”. Una vez pasados estos 21 días, ese hábito se convierte en rutina. Podríamos citar cientos de hábitos que tras trabajarlos y potenciarlos nos permiten un dominio, un control y una influencia sobre cualquier actividad. Imaginemos que nos proponemos levantarnos todos los días a las 6:15 de la mañana para hacer deporte antes de ir a trabajar. Los primeros días no es que sea duro, es que es un suplicio. Pero si eres constante y persistente en llevar a cabo esa actividad, a los 21 días no te costará esfuerzo, incluso te despertarás antes de que suene el despertador. Empezarás a disfrutarlo y a ver las cosas positivas que tiene levantarse pronto: sentirse activado y lleno de energía, tener mejor humor cuando empiezas a relacionarte con las personas, ser más productivo en el trabajo, saber que tienes la actividad física del día realizada y poder emplear el tiempo en otras cosas. La idea es ejemplificar con este tipo de hábitos. Recuerda que los hábitos nos permiten una vida con mayor control y eficacia una vez los adquiridos.

Pero no debemos olvidar que al igual que hay hábitos saludables, los hay que son tóxicos. Hemos mencionado el poder que nos puede proporcionar tener hábitos, pero este poder puede volverse en nuestra contra. Si poseemos hábitos tóxicos o malignos, estos también pueden impregnarse como rutinas provocando grandes problemas. Hábitos como fumar, beber alcohol, contaminarnos de telebasura, relacionarnos con gente tóxica, sedentarismo, etc. Sencillamente hábitos que no nos aportan nada. Aunque el verdadero peligro se extiende a que los [email protected] o [email protected] crean que si ese hábito lo tiene algún familiar cercano o su [email protected], lo copien creyendo que es saludable, siendo el adulto el verdadero responsable de ello. En consecuencia, es esencial adquirir hábitos saludables porque somos el ejemplo viviente para los más pequeños.

Con todo ello, nos puede surgir una duda porque cada uno de nosotros tenemos intereses diferentes. Lo que puede parecerle a alguien beneficioso o saludable, a otro le puede parecer maligno o tóxico. ¿Qué hacer al respecto? El proceso educativo no solo se basa en adquirir hábitos, se trata más bien de adquirir una actitud crítica hacia cada una de las experiencias que realizamos a diario. Es decir, en teoría deberíamos preguntarnos a nosotros mismos una serie de cuestiones cada vez que experimentamos algo nuevo: ¿por qué hago esto?, ¿cuándo lo hago?, ¿cómo?, ¿para qué?, ¿dónde?, ¿con quién?, ¿qué beneficios obtendré?, ¿qué consecuencias puedo tener? Y dependiendo de las respuestas que les demos a estas preguntas y del criterio que tengamos de ver las cosas que nos convencen, seremos capaces de adquirir ese hábito como saludable o rechazarlo por ser tóxico.

Para concluir, aunque hayamos mencionado la importancia de tener buenos hábitos, olvidemos por completo la tarea de intentar cambiar a las personas. A parte de ser complicado, costoso y aburrido, no aporta nada. Entonces os preguntaréis ¿cómo muestro a mis [email protected] y [email protected] que los hábitos nos dan poder sin obligarles a que cambien? Y la respuesta es, mediante el ejemplo, demostrando los beneficios que proporciona tener buenos hábitos. Con el ejemplo se derrumban muros de granito.