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Consumidores de nuestra propia felicidad

La cantidad de aplicaciones que nos ofrece un dispositivo móvil para realizar cualquier actividad y obtener información es innumerable.

Como productores de contenido somos capaces de interrumpir ese momento tan especial para compartirlo. Al mismo tiempo, nos convertimos en consumidores de nuestra propia felicidad.

 

¿Para qué utilizas tu móvil? ¿Durante cuánto tiempo al día lo usas? Hoy en día, el uso que hacemos del móvil era impensable hace medio siglo. Por una parte, el simple hecho de poder comunicarse con una persona en tiempo real, sin importar la hora ni el lugar del mundo donde se encuentre, ya era propio de películas de ciencia ficción de la época. Películas como “Regreso al futuro”, “Minority Report” o “Yo, robot” ya nos daban algunas pinceladas de lo que podía ser nuestro futuro.

Mi primer teléfono móvil me lo compré a los 21 años con la excusa de estudiar un ciclo formativo a unos 40 kilómetros de donde vivía. En mi casa teníamos teléfono fijo desde hacía pocos años. Recuerdo que de niño subíamos a casa de mi tío a llamar en caso de necesidad o a recibir alguna llamada urgente. En la época en que me compré el teléfono móvil mis amigos ya empezaban a tenerlo, así que con la excusa de estudiar fuera y de que mis amigos ya lo tenían me decidí por comprar un “Alcatel One touch easy”. La verdad que estaba bien eso de poder llamar en cualquier momento y poder enviar sms, pero sin abusar, claro, ya que te cobraban cada mensaje.

Recuerdo la noticia de que en Estados Unidos un porcentaje muy alto de jóvenes ya disponían de Internet en su teléfono móvil. Aquí en España se empezaba a contratar este servicio pero las tarifas de las compañías telefónicas aún eran caras porque no había tanta competencia como ahora. Con el fácil acceso a Internet tenemos a nuestro alcance infinidad de información con un solo click sobre cualquier temática que se nos ocurra. El problema vendrá en saber buscarla y seleccionarla para asegurarnos que sea veraz y útil. Podemos consultar la cartelera del cine, los horarios del tren de cercanías o el precio de un bicicleta de segunda mano. Yo no puedo resistir consultar en Google aquello que no sé y me interesa en ese momento.

A todo esto hay que añadir que la cantidad de herramientas que nos ofrece cualquier dispositivo móvil al estar conectados a la Red es innumerable. Cada vez los teléfonos móviles tienen mejor sistema de funcionamiento y más capacidad de memoria, necesaria para dar cabida a todas las aplicaciones y funciones que se nos ofrecen. Y pantallas más grandes para poder ver mejor los contenidos (fotos y vídeos). No nos gusta leer, nos gusta ver. Prácticamente los teléfonos inteligentes o smartphones son auténticos ordenadores en miniatura que nos hacen más fácil tanto nuestra comunicación como nuestro trabajo y realización de gestiones.

Recuerdo que cuando éramos niños, a uno de mis amigos le regalaron un «biper» en una promoción de Coca-cola. Un «biper» o «busca» era aquel aparato que vibraba que salía en las películas de médicos cuando querían avisar al doctor en una urgencia. Tenias que llamar por teléfono fijo a una operadora y dictarle el mensaje corto que querías enviar para que ella se lo hiciera llegar a través de este dispositivo.

Hoy en día, disponemos de aplicaciones para realizar casi cualquier actividad que queramos. Podemos descargar aplicaciones para registrar nuestra actividad deportiva, para controlar nuestra salud o nuestras cuentas bancarias. También para invertir en bolsa, para organizar un viaje, para jugar o incluso para conocer gente. Todo esto sin contar con las aplicaciones propias de todas las páginas web.

Sin duda vivimos en una época de Revolución Digital donde la música, la televisión, las noticias… están producidas para su consumo inmediato (producir para consumir). Una producción que no solo se encuentra en grandes cadenas o en grupos mediáticos, sino que a nivel usuario ya está ocurriendo. Producimos para compartir, para que nuestros seguidores les guste y así conseguir un “like”, un “me gusta” o un “retuit”. Ahora la consecuencia de nuestras producciones (fotos y videos) son los seguidores.

Grabamos con nuestro teléfono parte del concierto al que asistimos o fotografiamos cada escenario de un viaje. No lo hacemos para editar un álbum en papel como se solía hacer antes, sino para compartirlo y que nuestros seguidores vean que bonito es el sitio donde estamos o lo bien que nos lo estamos pasando. Pero lo más triste, es que no somos conscientes que estamos interrumpiendo ese momento tan especial porque lo tenemos que fotografiar o grabar, lo tenemos que documentar.

Producimos y compartimos para tener el mayor número de seguidores o “amigos”.

Enhorabuena, eres el que tiene más”.

Cuando el destino nos alcance (Lori Meyers)

Se ha llegado hasta tal punto que incluso puedes pagar por tener seguidores de tus redes sociales. Por ejemplo, los partidos políticos crean un banco de perfiles falsos para potenciar a uno de los suyos dándole likes, y así incrementar su popularidad. Lo mismo ocurre con deportistas de élite, actores o “famosillos” que mueven mucho dinero gracias a su impacto social entre sus seguidores.

Hablando de documentar todo aquello que nos ocurre, es curioso que los usuarios de las redes sociales suelen compartir solo momentos maravillosos, situaciones agradables, fiestas, amigos y amigas… Pocos usuarios comparten momentos duros, desgracias, penas… a no ser por una catástrofe o alarma. ¿Por qué motivo? Primero, porque tendemos a enseñar al resto de usuarios que nuestra vida es ideal y, segundo, porque, sin duda, la felicidad es más contagiosa que la tristeza. Recordemos el efecto espejo.

Por otro lado, gracias a la fácil comunicación a través de las redes sociales las noticias corren como la pólvora. En 24 horas la cantidad de información que te puede llegar a un dispositivo móvil es grandísima. Eso es bueno porque te mantiene actualizado ante cualquier situación de alarma pero al mismo tiempo es peligroso por la información falsa o no oficial que te puede llegar. Ni qué hablar de la cantidad de imágenes y vídeos que ponen humor a ciertas circunstancias.

En resumen, la tecnología que disponemos en la actualidad avanza a un ritmo vertiginoso haciendo que cada vez dependamos más de ella. Nos facilita diariamente comunicarnos con otras personas y a acceder a todo tipo de información gracias  a una amplia gama de herramientas. Somos capaces de producir contenido y compartirlo al instante para ser consumido por otros usuarios, por lo tanto, nosotros también nos convertimos en consumidores. Unos consumidores de nuestra propia felicidad. Y ahora me pregunto ¿Eso realmente nos hace ser felices?

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